El próximo viaje apostólico del Papa León XIV a Francia lo llevará también a Metz, donde creció Robert Schuman, uno de los fundadores de la Unión Europea. El cardenal Jean-Claude Hollerich, arzobispo de Luxemburgo, reflexiona sobre esta importante figura y sobre cómo su experiencia de vivir en zonas fronterizas marcó su acción política y sus ideas.
Por el cardenal Jean-Claude Hollerich* Estar en una frontera es encontrarse en un lugar donde pueden contemplarse simultáneamente varias realidades.
Una frontera puede convertirse en un lugar de tensión, pero también en un lugar de encuentro e intercambio fructífero.
Por lo tanto, no es simplemente una línea que separa.
Robert Schuman experimentó esta realidad de una manera muy concreta.
Estadista francés, Robert Schuman nació en Luxemburgo el 29 de junio de 1886.
El mero hecho de su lugar de nacimiento ya ofrece una pista sobre la situación política de Lorena y de esta región fronteriza que marcaría profundamente su vida.
Su padre procedía de Evrange, un pueblo de Lorena situado en la frontera franco-luxemburguesa.
Después de 1870, Evrange pasó a formar parte de Alemania.
Aunque toda la familia hablaba franconio del Mosela [Un dialecto del alemán centro-occidental, nota del editor], el padre de Robert Schuman se consideraba francés y emigró por esta razón a Luxemburgo, la patria de su esposa.
Fue allí, en la escuela primaria de Luxemburgo, donde Robert Schuman aprendió francés.
Esta historia familiar y geográfica es importante para comprender al futuro Padre de Europa.
Robert Schuman estaría profundamente marcado por la experiencia de una vida vivida entre varias identidades: nacido en Luxemburgo, procedente de una familia de Lorena, perteneciente a una cultura francona, hablando francés y alemán, y convirtiéndose más tarde en un estadista francés.
Patriota francés, su experiencia de vida le impidió convertirse en nacionalista.
Cursó sus estudios en Alemania y experimentó desde dentro varias culturas, lenguas y tradiciones.
Esta experiencia le permitió comprender que era posible defender la propia identidad sin considerar la de otro como una amenaza.
Quizá fue precisamente porque era un hombre de frontera que pudo comprender la necesidad de superar las divisiones entre los pueblos sin negar sus identidades. [ In Evidence ] Una infancia transcurrida en Luxemburgo y profundamente marcada por la fe Como estudiante del Ateneo de Luxemburgo, el joven Robert Schuman estuvo profundamente influido por la devoción popular a Nuestra Señora de Luxemburgo, Consoladora de los Afligidos.
En aquella época, el Ateneo estaba instalado en el antiguo colegio de los jesuitas, cerca de la catedral.
Durante la peregrinación nacional de dos semanas a la catedral, los estudiantes del Ateneo podían oír el sonido de las bandas de instrumentos de metal que acompañaban las procesiones de los feligreses.
Esta experiencia de fe popular en Luxemburgo seguramente tuvo una influencia en el joven Robert.
El estadista que Europa llegaría a conocer era también un hombre de oración, profundamente marcado por su fe cristiana.
Es importante mantener unidas estas dos dimensiones de su personalidad: Schuman era un hombre de oración y un hombre de acción.
Su fe no le llevó a retirarse del mundo político.
Por el contrario, le ayudó a comprometerse más profundamente en la búsqueda del bien común, la justicia y la paz.
Su espiritualidad, su carácter meticuloso y su atención a los detalles le permitieron transformar una profunda convicción en una acción política concreta.
De la utopía a la realidad Las visiones utópicas de una Europa unida habían surgido a lo largo de los siglos: desde la visión de Kant hasta el “Grand Design” de Sully bajo Enrique IV; desde Richard Coudenhove-Kalergi y su proyecto paneuropeo hasta las visiones promovidas por las organizaciones de resistencia que luchaban contra la Alemania nazi.
Estos proyectos expresaban una profunda aspiración a la unidad y a la paz.
Sin embargo, a menudo seguían siendo difíciles de traducir en una realidad política.
Es precisamente aquí donde Schuman aportó algo nuevo.
Fue capaz de reconciliar el idealismo y la realidad. [ In Evidence ] En su declaración del 9 de mayo de 1950, afirmó: “Europa no se hará de una vez ni en una construcción de conjunto: se hará mediante realizaciones concretas, creando primero una solidaridad de hecho”.
Esta frase resume admirablemente su método.
Schuman no quería construir Europa únicamente mediante grandes declaraciones o bellas utopías.
Quería comenzar con realizaciones concretas capaces de crear gradualmente solidaridad entre los pueblos.
Para él, no bastaba con soñar con un mundo mejor.
Había que trabajar para construirlo.
Su proyecto europeo se basaba, por tanto, en una convicción sencilla pero decisiva: los pueblos que habían sido enemigos podían convertirse en socios y construir juntos su futuro.
Del odio a la reconciliación Schuman, hombre de oración y de acción, solo podía sufrir ante el odio que dividía a franceses y alemanes después de la guerra.
Los horrores de los campos de concentración hirieron su alma.
Sin embargo, no eligió el camino del odio y de la confrontación permanente.
Eligió el camino de la reconciliación.
Este es probablemente uno de los aspectos más importantes de su legado.
Después de los horrores de la guerra, habría sido comprensible buscar venganza.
En cambio, Schuman eligió construir una nueva relación con Alemania.
Para un hombre tan profundamente cristiano como él, la reconciliación no podía ser simplemente una estrategia política.
Tenía que convertirse en un imperativo moral y humano.
Pero Schuman también poseía el realismo necesario para comprender que la reconciliación debía tomar forma concreta en instituciones y estructuras.
Lo que había estado en el centro de los conflictos europeos tenía que transformarse en un instrumento de cooperación.
La reconciliación se convirtió así en un proyecto político.
La Iglesia y el Papa nos recuerdan constantemente la importancia de la paz.
El proceso de integración europea ha permitido a Europa experimentar la paz durante un largo período.
Hombres y mujeres capaces de reconciliar el ideal y la realidad El ejemplo de Schuman demuestra que una vocación a la política puede tener sentido.
La política puede ser una verdadera vocación cuando se pone al servicio de la persona humana, la justicia y la paz.
Puede convertirse en un lugar donde las heridas de la historia se transformen gradualmente en caminos hacia el futuro.
El mundo y Europa necesitan hombres y mujeres capaces de reconciliar el ideal y la realidad, personas que sean incansables artesanos y constructores de la paz.
Necesitamos jóvenes, hombres y mujeres de oración y de convicción, que no tengan miedo de entrar en la “jungla” de la política para trabajar por la paz y la justicia, para afrontar los desafíos del mundo de hoy y de mañana.
El ejemplo de Schuman nos recuerda que la fe no debería llevarnos a huir de las realidades del mundo.
Por el contrario, puede darnos el valor para afrontarlas y trabajar por su transformación.
Europa, una obra en construcción Podría decirse que Schuman transformó la experiencia de vivir en una zona fronteriza en una experiencia de encuentro.
Donde la frontera podría haberse convertido en un muro, él quiso construir un puente.
Donde la historia había creado desconfianza, quiso crear confianza.
Donde la guerra había dejado heridas, quiso construir reconciliación.
Por lo tanto, su proyecto europeo sigue siendo profundamente relevante hoy.
Porque Europa no es una realidad terminada.
Sigue siendo una obra que debe construirse, generación tras generación.
Necesita mujeres y hombres capaces de mirar más allá de las fronteras sin renunciar a sus identidades, de defender su patria sin despreciar la de su vecino y de transformar las diferencias en oportunidades de cooperación.
Este hombre que nació en Luxemburgo, una tierra de fronteras, quizá nos enseña más que nadie que las fronteras pueden separar a los pueblos, pero que deben convertirse en los lugares donde comienza su encuentro.