Un comentario del secretario general de la Comisión Teológica Internacional sobre el nuevo documento publicado «Cuidar nuestra Casa común: una respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario»
por Piero Coda * Ante la urgencia de la crisis ecológica que interpela a la familia humana, ofrecer una reflexión que estimule a redescubrir y valorar «el fundamento teológico del cuidado de la Casa común más allá de la situación de extrema gravedad en la que nos encontramos» (n.º 6).
Este es el objetivo del último documento elaborado por la Comisión Teológica Internacional (CTI).
Un texto que, sin duda, no pretende ser exhaustivo y mucho menos dar la última palabra al respecto, sino que quiere proponer algunas líneas útiles de profundización que surgen, a la luz de la fe y de su inteligencia en el discernimiento de los signos de los tiempos, de la conciencia de que «la custodia y la salvaguardia de la Casa común están inscritas en el designio de Dios sobre la creación» (ibíd.).
El primero de los tres capítulos en los que se articula el documento se centra en el mensaje que se desprende del corazón mismo de la fe cristiana y que hoy, más que nunca, resulta decisivo para un cuidado «responsable y fraterno» de la creación: el rostro trinitario de Dios revelado en Cristo.
De la contemplación de este rostro —como ha subrayado en repetidas ocasiones el papa Francisco— se deduce que «en la formación de una cultura de inspiración cristiana, se ponga el acento principal en el descubrimiento de la huella trinitaria de la creación», valorizando «el carácter relacional de la creación como principio rector fundamental de una ecología integral» (n.º 33).
Se trata de una verdad firmemente arraigada en la revelación y ampliamente ilustrada por la gran tradición espiritual —basta pensar en San Francisco de Asís y en San Juan de la Cruz— y teológica: como atestiguan, entre otros, cuatro eminentes Doctores de la Iglesia como San Agustín, Santa Hildegarda de Bingen, San Buenaventura de Bagnoregio y Santo Tomás de Aquino, a cuya enseñanza se remite expresamente el documento.
Este valioso legado, retomado y relanzado por la teología en las últimas décadas, es hoy destacado y desarrollado en su relevancia estratégica, también a nivel práctico, por la Doctrina social de la Iglesia.
Así lo recordó el papa León XIV en la encíclica Magnifica Humanitas: si, en efecto, el Dios vivo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es «amor en relación», toda persona humana está «constitutivamente hecha para la relación», ya que ha sido concebida y querida por Dios a su imagen y semejanza «para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación» (MH, núms. 48 y 50). [ In Evidence ] El segundo capítulo del documento está dedicado a una relectura, desde esta perspectiva, de las relaciones constitutivas del ser humano, de su significado específico y de su interconexión; en él se releen las primeras páginas del libro del Génesis para discernir su significado y alcance a la luz del acontecimiento de Jesucristo atestiguado por el Nuevo Testamento e interpretado por la Tradición de la Iglesia.
De ello surge, en toda su amplitud, la propuesta fiable y de gran actualidad de una antropología integral que trasciende la alternativa entre el antropocentrismo depredador y el biocentrismo radical o ecocentrismo que, hoy en día, a menudo se disputan el terreno.
Si bien el primero es promovido, de hecho, por un paradigma tecnocrático que, de muchas formas, pretende imponerse violentamente —con las devastadoras e inaceptables consecuencias para los más pobres y el medio ambiente que están a la vista de todos—, el segundo, como reacción a esta situación y en la búsqueda de una solución, corre el riesgo de dejar de lado e incluso de ignorar el lugar y el papel específico del ser humano en el universo.
En este contexto, la visión cristiana pone de relieve cómo la singularidad del ser humano, plenamente revelada en Cristo como «primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29) y primicia de los «cielos nuevos y tierra nueva, en los que la justicia tendrá su morada permanente» (cf. 2 Pe 3,13), se expresa en la dignidad y la misión recibidas de Dios, que le comprometen a «cuidar de la creación, cuya salud planetaria redunda en su propia realización personal y comunitaria» (n.º 102).
Por último, el tercer capítulo esboza las líneas maestras de la espiritualidad ecológica que brota de la revelación y que «encuentra su inspiración más profunda en la celebración de la Eucaristía» (n.º 107); para luego delinear los principios éticos fundamentales que deben inspirar y guiar, a nivel personal y social, el cuidado de la casa común. En conclusión, se subraya, con espíritu de esperanza, que «una mirada de fe sobre la crisis ecológica que vivimos nos ayuda de manera decisiva a comprender tanto las raíces teológicas que la originan como las extraordinarias potencialidades teologales que constituyen el recurso para afrontarla y salir de ella de manera positiva» (n.º 142). [ In Evidence ] En el marco general del documento y como resultado de la clave de lectura teológica que lo inspira, reviste especial importancia la propuesta de «entender el pecado contra el medio ambiente de manera análoga a como se han consolidado progresivamente los conceptos de pecado social y de estructuras de pecado» (n.º 95), es decir, como «pecado contra la creación y contra el Creador […] que nos ha confiado el mandato y la misión de custodiar, e incluso de perfeccionar, la Casa común» (n.º 97).
Con ello se subraya la radicalidad y la seriedad del «giro ecológico» que hoy interpela a la conciencia, exigiendo una conversión que, para desplegar toda su eficacia a nivel cultural y social, económico y político, requiere ante todo expresarse a nivel espiritual y religioso.
Desde esta misma perspectiva, se aprecian el estilo y el método improntados en el diálogo con los que, partiendo del corazón del kerigma evangélico y de la doctrina católica, se plantea el tema en cuestión: en primer lugar —siguiendo la estela trazada por Laudato sí’— teniendo en cuenta la importante aportación que proviene de la tradición del Oriente cristiano y de las Iglesias ortodoxas contemporáneas; pero también, en segundo lugar, de los recursos positivos que ofrecen las distintas religiones; y, por último, pero no por ello menos importante, valorando —mediante un enfoque respetuoso con los diferentes estatutos epistémicos y los procedimientos metodológicos específicos— los datos obtenidos del conocimiento científico y las cuestiones planteadas por el pensamiento filosófico comprometido con la búsqueda de la verdad ontológica de lo real y abierto a la trascendencia.
En definitiva, una contribución para fomentar, en múltiples frentes, pero con un compromiso coherente y convergente de reforma del pensamiento y de la práctica iluminados desde el corazón de la fe cristiana, el «discernimiento compartido capaz de penetrar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones en curso» al que nos invita León XIV (cf.
MH n.º 6). * Secretario General de la Comisión Teológica Internacional (CTI)