Seck: de piloto de barcos ilegales a mediador cultural en Lampedusa - Vatican News via Acervo Católico

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Seck: de piloto de barcos ilegales a mediador cultural en Lampedusa - Vatican News via Acervo Católico
Fonte: VATICANO

La cárcel en Libia y luego en Italia, la separación, la soledad y el miedo no han podido con la historia de este joven senegalés que hoy es padre de familia y se ha puesto al servicio de quienes, como él, emprenden el camino en busca de una vida más segura y de un crecimiento humano y profesional. Sin embargo, el sueño de Seck sigue siendo volver a África, donde está su familia de origen, decepcionado también por una Europa que parece cada vez más cerrada y recelosa hacia los migrantes.

Gabriella Ceraso y Franco Piroli - Ciudad del Vaticano La historia de Seck Baye Fall —nombre con el que prefiere que se le llame— es la de muchos jóvenes senegaleses, al menos hasta cierto punto. Después se convierte en la suya propia, la de un chico que se ha convertido en padre en Italia, decidido a ayudar a los demás y dispuesto a volver a casa, a su África, tan pronto como sea posible. Nos encontramos con él en Lampedusa, en el muelle de la Virgencita, frente al más famoso muelle de Favaloro, porque allí, a los pies de la gran estatua de la Virgen que vela por el puerto de Lampedusa, acaba de atracar una embarcación con unos noventa migrantes a bordo, rescatados por una ONG. Lo observamos mientras se prepara para recibirlos, junto con otros trabajadores: calienta una bebida, desenvuelve las pantuflas que entregará a los recién llegados, intercambia unas palabras con los miembros del Foro Lampedusa Solidario, del que forma parte. A continuación, observa a quienes bajan de la larga embarcación de vela: algunos están envueltos en una manta térmica, otros se tambalean, alguna madre lleva a un niño en brazos y los más jóvenes sonríen a pesar de todo. «Hombre. Mujer. Hombre. Menor. Mujer», recitan los operarios de Frontex al comenzar el registro; y ante la frialdad de los números, precisamente Seck, las monjas y los operarios civiles intentan aportar calidez humana, cercanía y presencia. Él habla varios dialectos africanos y escuchar su propia lengua tras un viaje tan largo es un consuelo: lo vemos con su ropa de colores, un gorro, gafas de sol y muchos collares, mezclándose entre los migrantes, y comprendemos que eso es lo que quiere: estar con quienes llegan de África antes de que la Cruz Roja se los lleve a todos al centro de acogida. Un destino como «conductor» Seck, al igual que muchos jóvenes pescadores de Senegal, ha sido convertido por los traficantes de personas en conductor, aprovechando la profunda crisis del sector pesquero local, provocada por la pesca industrial intensiva con barcos europeos y chinos y por los acuerdos de explotación firmados por el Gobierno senegalés. La incursión ilegal de grandes embarcaciones en las zonas reservadas de Senegal es una de las principales preocupaciones de los pescadores: los grandes barcos están siempre presentes y los pescadores que construyen sus propias embarcaciones de madera, las piraguas, pierden sus medios de subsistencia y, por ello, deciden marcharse. En África —cuenta el chico— no se estudia, no se trabaja, no hay formación y se necesita dinero que no tenemos si perdemos el trabajo. ¿Qué futuro les queda entonces a los jóvenes si el Gobierno no se preocupa por ellos y no pueden trabajar? Huir. Hay dos rutas: la primera por tierra, hacia Mali o Guinea y luego Níger y Libia, desde donde se parte hacia Lampedusa. La otra, por el Atlántico, hacia las Canarias. «Yo lo hice, pero fue solo Dios quien me hizo llegar a Lampedusa». «Este no debe de ser el camino». Seck tenía tres compañeros cuando partió de su pueblo en Senegal, el 27 de septiembre de 2014, pero los perdió durante los traslados dentro de las cárceles libias donde estuvieron recluidos durante dos años y de donde no sabe si han salido con vida. «En la cárcel de Libia sufrí mucho, muchísimo». Ser un «capitán» para mí —repite varias veces con su acento italiano entrecortado— significa trabajar con mis propias manos en las barcas de madera con las que se pesca, significa estar al frente de un grupo de trabajo; nosotros no somos los responsables de los naufragios. Los que organizan los viajes desde Libia, los que cobran el dinero, los que deberían responder por las muertes en el mar son otros, no son los capitanes, y aquí lo saben muy bien. Nosotros somos conductores, nos ponen las barcas en las manos y nos dicen que nos vayamos, pero somos como todos los demás que intentan huir para tener una vida mejor. «Me siento inmigrante y quiero aportar mi granito de arena» «Lo que he visto con mis propios ojos... creo que nunca volveré a ver cosas tan horribles»: así resume su paso por Libia y la travesía hacia Italia, donde llega y cumple tres años de cárcel en Palermo por ayudar a inmigrantes a cruzar la frontera. Sin embargo, al salir de prisión en 2016, conoce primero al hermano Biagio Conte y luego a los chicos de Baye Fall, que le cambian la vida. Estos trabajan en proyectos dedicados a los inmigrantes que viven en la calle o que se encuentran en prisión en condiciones de aislamiento. Seck decide quedarse con estos chicos para hacer algo. «Me siento inmigrante y quiero aportar mi granito de arena para que a los demás no les pase lo mismo que a mí». Además de informar a quienes en África sueñan con algo que, en realidad, no encontrarán al otro lado del mar, Seck hoy en Palermo hace un poco de todo: cocina y reparte comida durante el Ramadán a quienes viven en la calle, visita en la cárcel a los jóvenes africanos, intenta, a través de nombres y números, restablecer el contacto con las familias en Senegal, organiza actividades solidarias, contra la criminalización y para ayudar a su país en la lucha contra el desempleo. «Nunca he sido una persona capaz de hacer algo que te lleve a la cárcel». ¿Por qué te fuiste y por qué tantos como tú abandonan su tierra? «Abandonar tu tierra no es algo que me guste —nos dice—, pero quien se va, lo hace por una razón: porque realmente no tienes otra alternativa. Pero Europa no es como nos la imaginamos. Ya no es un lugar seguro: tanta televisión distorsiona la realidad y los jóvenes en África piensan que aquí la riqueza y el trabajo están al alcance de la mano, que todo lo que necesitas está disponible. Por desgracia, no es así. En cambio, una vez que llegamos, hacemos cosas que en África nunca hemos hecho: trabajo en negro en el campo, en la limpieza, en las cocinas; explotación; una vida al margen de la legalidad; dificultades para conseguir documentos y contratos; esta es la realidad para quienes llegan a Italia. No quería creerlo cuando ya me lo contaban mis tíos que se habían ido a Europa —confiesa—, y quise marcharme, pero solo tuve suerte; solo gracias a Dios llegué, me casé y formé una familia. Pero ahora intento hacer entender a mis familiares y a los demás jóvenes que el mar no es la solución adecuada. He sufrido para llegar, he sufrido al llegar. Y mi deseo sigue siendo volver a casa. Por ahora no puedo hacerlo, pero esa es mi tierra y allí deseo volver tarde o temprano.  

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