En lengua pulaar, “Néné Soukabé” significa “madre de los niños”. Es el nombre con el que, poco después de abrir un centro para pequeños desnutridos en la pequeña ciudad senegalesa de Vélingara, todos comenzaron a llamar a la misionera polaca sor Chrysologa Mnich SMCB.
Sor Elena Isachenko SMCB Desde la infancia, sor Chrysologa cultivaba dos sueños: convertirse en enfermera e irse como misionera.
Ambos se han realizado en su vocación religiosa.
Al entrar en la Congregación de las Hermanas de la Misericordia de San Carlos Borromeo, además de los tres votos religiosos tradicionales, pronunció, como todas las hermanas, un cuarto voto: el de la misericordia.
Un compromiso que se ha convertido en el pilar de su vocación misionera.
Desde los primeros días que pasó en el continente africano, la religiosa se ha enfrentado a condiciones de extrema pobreza y a la plaga del hambre, especialmente entre los niños.
Según el Global Nutrition Report, en Senegal uno de cada diez niños menores de cinco años sufre desnutrición aguda y solo el 10% de los niños de entre 6 y 23 meses recibe una nutrición adecuada.
Además, el 52% de las mujeres en edad reproductiva sufren anemia.
Como resultado, las madres desnutridas dan a luz a bebés con un peso al nacer extremadamente bajo, lo que resulta en un mayor riesgo de mortalidad infantil. “Cuando trabajaba como enfermera en la clínica de Vélingara -cuenta la hermana Chrysologa-, las madres solían venir a vernos con sus hijos.
Los pequeños se encontraban en estado crítico.
Después de estar en Kolda, vi un centro para niños desnutridos que nuestras hermanas habían abierto allí.
Comprendí que Vélingara también necesitaba un centro similar”. “¡Estaba segura de que era obra de Dios!” El 13 de septiembre de 1993 es una fecha que ha quedado grabada para siempre en la memoria de la religiosa: precisamente ese día comenzó la actividad del Centro para niños desnutridos de Vélingara.
Desde el principio, su desarrollo estuvo acompañado por muchos eventos que Sor Chrysologa no duda en llamar milagrosos. “Al principio solo teníamos dos habitaciones pequeñas: una servía de oficina y almacén, en la otra había ocho camas. ¡Y esto para 30 personas que pedían ser acogidas!”, recuerda la misionera.
Tras la primera temporada de lluvias, los locales se inundaron y se hizo evidente la necesidad de encontrar un nuevo emplazamiento.
Fui a ver al alcalde, que me ofreció un edificio abandonado con un pequeño jardín al lado.
Estaba en pésimas condiciones, pero había electricidad y agua. ¡Qué alegría! [ Photo Embed: El Centro de las Hermanas acoge a madres y niños no solo de Senegal: una vez a la semana llega también un autobús con pequeños pacientes de Gambia.] Un inicio difícil En el Centro los niños recibían atención médica y una alimentación adecuada.
Algunos estaban tan débiles y deshidratados que ni siquiera podían llorar y permanecían en un estado de semi-letargia.
Las religiosas enseñaban a las madres jóvenes cómo cuidar adecuadamente a sus hijos y cómo alimentarlos. “Hemos dedicado mucho tiempo a cambiar sus hábitos y creencias -cuenta la hermana Chrysologa-.
Estas mujeres viven en condiciones muy duras, en aldeas sin agua potable.
Algunas recorrían cien kilómetros en bicicleta solo para alcanzarnos.
A lo largo de los años, alrededor de 20.000 niños han sido acogidos en el Centro.
Por desgracia, algunas eran llevados a las monjas cuando ya era demasiado tarde.
Sin embargo, con el desarrollo de la red de carreteras del país, la situación ha mejorado progresivamente.
Y, poco a poco, empezó a cambiar también la mentalidad.
Las mujeres no solo han aprendido a cuidar de sus hijos, sino también a reconocer el valor de su dignidad. [ Photo Embed: El nuevo Centro era capaz de albergar hasta 60 pequeños pacientes junto con sus madres.] Coincidencias providenciales Dios, en su Providencia, actúa a través de las personas. “No siempre tenía comida suficiente para los niños -recuerda la religiosa-.
Pero era precisamente entonces cuando Dios ponía a alguien en mi camino.
Así, por ejemplo, un encuentro en Francia con Michelle Noureux llevó al nacimiento de la fundación Les enfants de Vélingara, que contribuyó a la recaudación de fondos.
Otra vez caminaba por la calle preguntándome cómo iba a dar de comer a los niños ese día.
Nos quedaba un poco de arroz, ¿pero después?
No teníamos dinero.
De repente, dos turistas me llamaron por la calle.
Empezamos a hablar y las acompañé a nuestro Centro.
Cuando vieron a los niños, estallaron en lágrimas, sacaron de sus bolsillos todo el dinero que tenían… y desde ese día no han dejado de apoyarnos”. “¡Néné Soukabé, ayúdame!” La hermana Chrysologa recuerda a muchos niños, pero hay una historia que ha quedado profundamente grabada en su corazón. “Un día llegó una madre musulmana de 16 años, perteneciente a la tribu Konyagi -cuenta la misionera-.
Había dado a luz gemelos: el bebé había muerto, mientras que la niña apenas respiraba, estaba fría y pesaba solo 600 gramos.
Entre lágrimas, la madre me susurró: ‘¡Néné Soukabé, ayúdame!’.
Le dije: ‘Rezaremos, tú y yo.
Haremos todo lo que podamos’.
Traté de calentar a la recién nacida y logré introducirle una sonda para alimentarla.
La madre extraía la leche y yo se la daba con una jeringa.
Dos meses después, la pequeña pesaba tres kilos y era capaz de ser amamantada con normalidad. ¡Era un milagro!
Seis años más tarde volví a ver a esa niña.
Su madre me señaló y le dijo: ‘Mira, esa es Néné Soukabé, es ella la que te ha salvado’.
Solo Dios sabe cuántas vidas se han salvado aquí.
Las religiosas recorrían cientos de kilómetros a través de los matorrales para llegar a las aldeas más remotas, realizando en el lugar transfusiones de sangre a los niños que corrían el riesgo de morir a causa de la anemia.
Gracias al apoyo de personas de buena voluntad, las Hermanas Borromeas pudieron ampliar el Centro y construir una pequeña estructura para los huéspedes, con el fin de contribuir al sustento de sus actividades.
Cuando se le pregunta cuál es su mayor sueño, sor Chrysologa sonríe: “Sueño con que este Centro pueda convertirse en un hospital pediátrico y que en el mundo ya no haya niños que sufran el hambre”. [ Photo Embed: Cada vida salvada en el Centro es un testimonio del amor infinito de Dios y de la solicitud de las personas de buena voluntad ante el sufrimiento del prójimo. ]