El arzobispo de Panamá y segundo vicepresidente del Celam, Mons. José Domingo Ulloa Mendieta pidió a los obispos asumir de manera directa la prevención de abusos, fortalecer la escucha a las víctimas y construir comunidades eclesiales donde la seguridad, la transparencia y la confianza sean una realidad.
Vatican News La Iglesia de América Latina y el Caribe está llamada a dar un paso más en su compromiso con la protección de las personas.
Este fue uno de los principales mensajes planteados por Mons.
José Domingo Ulloa Mendieta durante la clausura del IV Encuentro Latinoamericano y Caribeño de Responsables de la Cultura del Cuidado.
El encuentro, celebrado bajo el lema “La cultura del cuidado en la Iglesia de América Latina y el Caribe: una mirada desde Magnifica Humanitas”, reunió a obispos y responsables de las Conferencias Episcopales, representantes de la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosos y Religiosas (CLAR), Cáritas de América Latina y el Caribe, la Pontificia Comisión para la Protección de Menores, así como integrantes de distintas comisiones, redes y organismos eclesiales.
Al cerrar las jornadas de reflexión, el arzobispo de Panamá y segundo presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano y del Caribe, CELAM, destacó el valor del diálogo y la diversidad de experiencias compartidas.
Sin embargo, advirtió que la verdadera eficacia de estos espacios dependerá de la capacidad de llevar lo aprendido a la vida concreta de las comunidades.
Una responsabilidad que corresponde a los obispos Uno de los puntos centrales de su intervención fue la responsabilidad de los obispos en la construcción de ambientes seguros.
Ulloa reconoció la importancia de contar con profesionales, comisiones y equipos especializados, pero insistió en que la responsabilidad pastoral de quienes ejercen el ministerio episcopal no puede quedar en manos de terceros.
A su juicio, aprobar protocolos o recibir informes no es suficiente.
El obispo debe involucrarse personalmente en los procesos, escuchar, acompañar, supervisar y, cuando corresponda, tomar decisiones.
Esta responsabilidad debe reflejarse en medidas concretas: formación permanente, estructuras que funcionen adecuadamente, mecanismos de escucha, transparencia, seguimiento de los casos y rendición de cuentas.
Para el arzobispo panameño, asumir estas tareas también forma parte del ejercicio del ministerio pastoral. “Esto también es pastorear”, allí donde existan errores, señaló, debe existir la humildad para reconocerlos; frente a las heridas, cercanía para acompañarlas; y ante decisiones difíciles, la determinación necesaria para actuar.
La pregunta que cada obispo debe llevarse a casa Ulloa propuso que, al regresar a sus diócesis, los obispos se planteen una pregunta fundamental: qué pueden hacer personalmente para que sus Iglesias particulares sean cada vez más seguras, transparentes y confiables.
Esta interrogante conecta directamente con uno de los ejes del encuentro: colocar a la persona y su dignidad en el centro de las decisiones eclesiales.
Desde esta perspectiva, la cultura del cuidado no puede entenderse únicamente como el cumplimiento de normas.
Debe convertirse en un criterio que atraviese la manera en que la Iglesia organiza sus estructuras, establece relaciones, acompaña a las personas y desarrolla su misión evangelizadora.
Las víctimas deben encontrar una Iglesia que escuche Durante su mensaje, Mons.
Ulloa dedicó también palabras especiales a las víctimas y sobrevivientes de abusos.
Reconoció que sus historias y testimonios interpelan a toda la comunidad eclesial y exigió una respuesta basada en la escucha y el acompañamiento.
El arzobispo expresó que el sufrimiento de las víctimas importa y que sus experiencias comprometen a la Iglesia a actuar.
También agradeció a quienes han tenido la valentía de hablar y contribuir a visibilizar situaciones que durante años pudieron permanecer ocultas o no recibir la atención necesaria.
Frente a estas realidades, señaló que la respuesta eclesial debe incluir escucha, acompañamiento, búsqueda de la verdad, justicia y reparación en la medida de lo posible. Más allá de los protocolos Para Ulloa, los protocolos siguen siendo herramientas indispensables, pero por sí solos no garantizan una verdadera cultura del cuidado.
El desafío está en conseguir que las normas sean acompañadas por una transformación de las relaciones y de las estructuras eclesiales.
El cuidado, explicó, debe pasar de ser un conjunto de procedimientos a convertirse en una manera concreta de vivir la misión de la Iglesia.
Esta tarea adquiere una dimensión particular en América Latina y el Caribe, donde las Iglesias locales enfrentan realidades sociales y pastorales diversas.
Las experiencias de Centroamérica, México, el Caribe, los países bolivarianos y el Cono Sur pueden ser diferentes, pero todas forman parte de un mismo esfuerzo.
Reconstruir la confianza es también una misión pastoral Por último, el arzobispo panameño invitó a los participantes a regresar a sus iglesias particulares con los rostros y las historias escuchadas durante los días del encuentro y con una responsabilidad renovada.
Los invitó a mantener la esperanza.
No se trata, explicó el arzobispo, de asumir que todos los problemas han sido resueltos, sino de reconocer que es posible avanzar en la sanación de las heridas y en la reconstrucción de la confianza.
Esa esperanza debe traducirse especialmente en acciones que permitan que niños, adolescentes y personas en situación de vulnerabilidad encuentren espacios donde su dignidad sea respetada y protegida.
El compromiso, insistió, debe impedir que una víctima vuelva a encontrarse con el silencio, la indiferencia o la soledad.
Finalmente, encomendó el camino recorrido a María, Madre de la Iglesia, y pidió al Señor “la valentía de convertir lo reflexionado en estos días en decisiones y acciones concretas”. “Que la cultura del cuidado sea cada vez más un rostro visible del Evangelio en nuestra Iglesia”, concluyó el segundo vicepresidente del Celam.